
Era 2008, una tarde de octubre, lo recuerdo muy bien, estaba en ese cuarto oscuro, vacuo, hasta que llegaste tú. Con un ¡buenas tardes! Me saludaste y yo te devolví el saludo. No llegaste sola, llegaste con la que hoy considero mi mejor amiga y gracias a ti ella ocupa ese lugar.
Iba en contra de las leyes, pero te acepté, yo pensaba que eran fundamentales para hacer la labor social que se pedía y no me equivoque. Hiciste tu labor de una manera muy efectiva, te desarrollabas en ese campo de una manera que me dejabas con un estupor único.
Yo necesitaba un reemplazo, necesitaba una mano amiga y esa mano amiga eras tú, no había nadie más que me reemplazara y es por eso que yo escogí de ti.
Paso el tiempo y llegamos no solo a ser amigos por el trabajo, sino porque nos estábamos conociendo cada día más y nos asombrábamos de nuestras características, que eran muy similares.
Yo no era bugui para ti, sino buguilin, le aumentaste la “n” y hacia gracioso mi participio; a mi me encantaba que me llames así, porque quizás con esa frase que brotaban de tus labios expresabas el cariño que sentías por mi.
Eres un líder innata, se que saldrás adelante, esta no es una historia de amor, es una apología a los amigos que perdí.
Es una apología hacia ti. ¿Qué me pasó? Pues, creo que me alegre mucho confundí esa amistad que hoy la extraño mucho.
A tu corta edad haz logrado subir un peldaño y eso es muy satisfactorio ¿verdad?
Ahora, me dolió mucho habernos cruzado hace algunos sábados atrás y con un desdén, pasaste erguida, muy petulante y no me saludaste; eso me dolió. No quiero que me reconozcas nada, pero al menos pensé que me querías, pensé que yo fui tu amigo, pero veo que todo lo que conversábamos era una lisonja tuya.
No te guardo rencor, te quiero mucho porque representas ha esa gente luchadora, sobresaliente que admiro.
Algún día me gustaría como un céfiro escuchar de tus bellos labios: ¡Hola buguilin!
Bugui Fernández.

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